Home » Salud y Sociedad


UNA LLAMADA EN CONTRA DE LA 'FACTORDEIMPACTOMANÍA'
Publica o muere: la máxima que ha llevado a que se falseen el 31% de los ensayos clínicos

De izq. a dch.: Rafael Dal Ré, Miguel García Guerrero, Jesús Jiménez-Barbero y José M. Mato. (M. A.)

La publicación de estudios se ha transformado en el principal parámetro de evaluación de la ciencia, creando unas distorsiones que han sido sometidas a debate en un encuentro de la Fundación de Ciencias de la Salud
19/05/2017 10:40 h. imprimir


Miguel Ayuso Twitter email


Ética Transparencia Investigación Ensayos clínicos Fundación de Ciencias de la Salud

El físico británico Peter Higgs ganó el premio Nobel de física en 2013 por postular la existencia de la partícula que lleva su nombre. El profesor emérito de la Universidad de Edimburgo solo había publicado 10 artículos científicos cuando, en 1964, firmó el trabajo que identificaba el mecanismo por el cual el material subatómico adquiere masa. Pero, hoy en día, no habría conseguido trabajar en ningún laboratorio. “Es tan simple como esto”, aseguró en una entrevista en The Guardian. “No creo que me hubieran considerado lo suficientemente productivo”.

Higgs apuntaba así a uno de los problemas más importantes a los que se enfrenta la comunidad científica: la publicación de investigaciones en las revistas científicas, que nacieron como un medio para compartir y documentar el conocimiento, se ha convertido en un fin en sí mismo.

Como explica Miguel García Guerrero, director de la Fundación General CSIC y presidente del Comité de Ética del CSIC, “el lema publish or perish ["publicar o perecer"] ha iluminado la ciencia desde hace mucho tiempo. La publicación en revistas se ha transformado en el principal parámetro de evaluación de la actividad científica en casi todas las áreas. Se ha constituido en la divisa clave para acceder a bienes de distintos tipo: contratos, progresión académica, financiación de proyectos, reconocimiento...”. Y esto está afectando a la calidad de las investigaciones.

LA ‘FACTORDEIMPACTOMANÍA’
García Guerrero ha sido el primer ponente de una jornada organizada por la  Fundación de Ciencias de la Salud en la que se ha puesto de manifiesto cómo la presión por publicar ha hecho que aumente el fraude en las investigaciones.

No solo han aparecido miles de “revistas depredadoras” en las que se puede publicar cualquier estudio previo pago –sin necesidad de pasar por la necesaria revisión por pares–, además se está potenciando una suerte de tiranía editorial, en la que no importa la calidad de las investigaciones, y mucho menos su verdadera aportación al acervo científico, sino tan solo que aparezcan en revistas con un alto factor de impacto.

Se está potenciando una suerte de tiranía editorial, en la que no importa la calidad de los estudios, sino tan solo que aparezcan en revistas con un alto factor de impacto
Este parámetro fue inventado por Eugene Garfield para ordenar la base bibliográfica del Institute for Scientific Information, y se calcula dividiendo el número de veces en que los artículos publicados en una revista en los dos años anteriores han sido citados por las publicaciones a las que se les da seguimiento, entre el número de artículos publicados en esa revista en el periodo en cuestión.

El propio Garfield, consciente de la relevancia que había adquirido su invento, advirtió que el impacto real de un artículo depende de su calidad, no de la revista en cuestión. Pero era tarde. “La ciencia y los científicos estamos pasando por una época de manía en que asociamos el valor de la investigación con la revista en la que se publica el trabajo y no con el trabajo mismo”, apunta García Guerrero. “Y esta manía está ocasionando distorsiones profundas”.

Como explica el presidente del Comité de Ética del CSIC, no solo se ha alterado la forma de publicar –se editan del orden de 3 millones de artículos al año, de los cuales la mitad no reciben ni una sola cita–; además ha aumentado el número de coautores, sin que por ello suba la productividad de los científicos per cápita; ha crecido el número de publicaciones redundantes y duplicadas y han sucumbido otras formas de divulgación científica, otrora decisivas, como la publicación de libros. Pero lo más grave no es esto. Lo más grave es el fraude.

El presidente del Comité de Ética del CSIC, Miguel García Guerrero, durante su intervención. (M. A.)


FRAUDE ‘A GO GO’
Si los incentivos económicos existentes para publicar en España son elevados –de ello depende la evaluación de los sexenios que se suman al salario de los investigadores y pueden suponer un monto importante–, más elevados son para los investigadores asiáticos, que suponen un importantísimo aporte al cómputo científico global.

Muchas veces son las propias revistas las que presionan para que se citen artículos publicados en su propia editorial
“En China te pueden dar 32000 dólares si públicas en Nature o Science”, explica García Guerrero. “Ha aparecido un mercado negro de las publicaciones y hay contubernios en los que te ofrecen ser autor de un artículo que está prácticamente aceptado pagando un cantidad de dinero”.

El fraude también ha pervertido el sacrosanto sistema de revisión por pares, que es la base del sistema de publicación científica. Se han identificado numerosos casos en los que el autor de una publicación ha propuesto a revisores afamados en su campo proporcionando unos datos de contacto falsos que remitían a ellos mismos.

Muchas veces son las propias revistas las que presionan para que se citen artículos publicados en su propia editorial, lo que aumenta su factor de impacto. Es paradigmático el caso de la revista Land Degradation and Development, al que se ha referido García Guerrero, cuyo factor de impacto se elevó enormemente en solo unos años hasta que se descubrió que su editor, el investigador español Artemi Cerdá, catedrático de la Universitat de Valènci, había revisado 82 manuscritos a los que había sugerido añadir 622 referencias y 423 citaciones, mayoritariamente a su propia revista.

El lema 'publish or perish' fue utilizad0 por primera vez en 1927. (Pedromics)


SESGO EN LOS ENSAYOS CLÍNICOS
Mención aparte merece el caso concreto de los ensayos clínicos, donde la investigación no solo afecta al conocimiento científico, sino que tiene un impacto directo sobre la atención sanitaria y, por ende, los pacientes.

Como explica Rafael Dal-Ré, doctor en medicina y codirector del libro Luces y sombras en la investigación clínica, el fraude en la investigación biomédica está mucho más extendido de lo que se suele pensar. Hay casos impactantes: médicos que fabrican los resultados, investigadores que mandan las conclusiones de un ensayo a un congreso sabiendo que son erróneas, o pediatras que han publicado decenas de estudios con resultados inventados. Pero son casos aislados. Lo que no es para nada aislado es el cambio, omisión o supresión de datos de los ensayos clínicos sin justificación. Una práctica enormemente extendida.

“Los cien estudios más famosos en psicoterapia no se han podido reproducir”, asegura Dal-Ré
Según ha denunciado la Organización Mundial de la Salud, actualmente alrededor del 50 por ciento de los ensayos clínicos que se realizan en todo el mundo no divulgan sus resultados, en parte porque muchos de ellos son negativos. Y de los que se publican, según explica una revisión de 2000 ensayos citada por Dal-Ré, el 31% presentan discrepancias con la información del registro, esto es, con los datos que se pensaban obtener en el inicio del ensayo.

“¿Se puede hablar de esta actividad como fraude?”, se pregunta Dal-Ré. “En el 31% de los artículos que se publican una variable principal de evaluación fue cambiada, introducida u omitida, luego el 31% de los ensayos clínicos que se publican son falsos”.

Pero esto solo se refiere a los ensayos registrados: muchos ni siquiera cuentan con este principio básico de validación. Los registros de acceso público empezaron a generalizarse a partir del año 2000, gracias a la Declaración de Helsinki de la Asamblea Médica Mundial, que apuntaba que “todo estudio de investigación con seres humanos debe ser inscrito en una base de datos disponible al público antes de aceptar a la primera persona”.

Pese a esto, las agencias del medicamento no hicieron obligatorio este extremo para aprobar un fármaco hasta 2007 (FDA) y 2008 (EMA). Y aún hoy en día el 40% de los ensayos clínicos no se registran, pues investigan asuntos que no están regulados, como son procedimientos de fisioterapia, nutrición, psicoterapia, procedimientos quirúrgicos…

Como explica Dal-Ré, no estamos en riesgo en los medicamentos, pues la EMA y la FDA tienen acceso a los datos. “A veces se les cuela algo, pero se estudian muy a fondo”, apunta. “El riesgo está en todo lo que no está regulado. Los 100 estudios más famosos en psicoterapia no se han podido reproducir”.

El doctor Rafael Dal-Ré insistió en la necesidad de establecer mayores controles sobre las publicaciones. (M.A.)


PASOS EN LA BUENA DIRECCIÓN
En opinión de los ponentes de la jornada, la única manera de romper el círculo vicioso en el que se ha introducido la investigación científica pasa por implementar mejores controles de calidad, que alerten de las prácticas fraudulentas antes de que los estudios lleguen a publicarse. Algo que además ayudaría a que las autoridades académicas valoren la calidad frente a la cantidad.

En lo que respecta a los ensayos clínicos, precisamente este jueves varias entidades internacionales encargadas de financiar proyectos de investigación como la Fundación Bill & Melinda Gates, el Instituto Pasteur, Médicos Sin Fronteras o el Wellcome Trust se han comprometido a registrar y hacer públicos todos los resultados de los trabajos que apoyen o financien.

“No dejemos a las revistas que ocupen ese puesto y que sus números nos determinen a quién contratamos o a quién no”, concluye Mato
En una declaración conjunta en la que también han participado los consejos de investigaciones médicas de La India, Noruega o Reino Unido, estas entidades han acordado elaborar y aplicar en los próximos 12 meses políticas para que todos los ensayos que financien, cofinancien, patrocinen o apoyen se inscriban en un registro abierto al público. De igual modo, todos los resultados se tendrán que divulgar dentro de los plazos especificados en el registro o bien publicarse en una revista científica.

Se trata de iniciativas que van en la dirección correcta, pero además, en opinión de Dal-Ré, sería necesario crear equipos científicos que comparen los datos del registro con los de las publicación final del ensayo. Un trabajo arduo que requiere de una colaboración institucional todavía inexistente.

Como conclusión de la jornada, Miguel García Guerrero, ha querido dejar claro que el sistema de publicación científica, “aunque tiene disfunciones, ha sido modélico mucho tiempo y las tergiversaciones remiten a un porcentaje bastante bajo del total”. Dicho esto, apunta José M. Mato, patrono de la Fundación de Ciencias de la Salud, los científicos tienen que tener claro que la publicación es un medio, no un fin: “No dejemos a las revistas que ocupen ese puesto y que sus números nos determinen a quién contratamos o a quién no”.