Sanidad e independencia
Carta del director
por Ismael Sánchez
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18/04/2017 11:53 h. imprimir


¿Por qué la sanidad no puede ser otro camino hacia la independencia?, piensan esos políticos empeñados en que Cataluña sea una nación con todas las de la ley. No hay más que leer las declaraciones del conseller Antoni Comín a las cabeceras de Wecare-u para comprobar cómo un servicio público esencial se puede transformar, por puro interés político, en argumento principal para el advenimiento de una república independiente. Otra desoladora muestra más de que la sanidad interesa más por su contribución a otras causas supuestamente más elevadas, y desde luego mucho más controvertidas, que por el efecto real que su mejor o peor funcionamiento tenga en la vida de las personas.

El autogobierno sanitario es una circunstancia poco discutible en su enunciación, pero sus consecuencias son otro cantar
Al modelo sanitario catalán lo habían calificado y descrito de muchas maneras, pero no creo recordar una tan categórica como la del conseller Comín: la principal estructura de Estado de la Generalitat. Ahí es nada. Y lo es por competencias, por autonomía política y administrativa y por nivel de desarrollo en el entorno europeo. Solo le falta una condición, tan escueta como imprescindible: financiación. Sin dinero, la sanidad catalana está penando como nunca en la obtención de sus antaño brillantes resultados asistenciales. Y, como bien intuye Comín, sin dinero, será difícil que la sanidad contribuya a que Cataluña sea finalmente independiente.

Tiene razón el conseller Comín cuando se compara sin pudor con el Ministerio y le termina mirando por encima del hombro. No sólo Cataluña, sino cualquier autonomía dispone de mayor capacidad de decisión asistencial que la Administración General del Estado, que solo manda, lo que se dice mandar, en las ciudades autónomas, Ceuta y Melilla. El autogobierno sanitario es una circunstancia poco discutible en su enunciación, pero sus consecuencias son otro cantar. Hemos estado años observando los efectos negativos que la transferencia había provocado sobre la equidad en el acceso a servicios y prestaciones y también sobre la cohesión del Sistema Nacional de Salud (SNS), que quizá hemos olvidado lo cerca que andaban los consejeros del ramo de, llegada la ocasión, reivindicar la soberanía y la independencia, como resultado lógico del escenario competencial. Lo ha terminado haciendo el catalán, pero con la misma propiedad lo podría haber hecho el castellano-manchego o la riojana, aunque pudiera resultar grotesco.

¿Y SI COMÍN FUERA MINISTRO DE UNA CATALUÑA INDEPENDIENTE?
La diferencia siempre ha sido una cosa muy catalana, también en la sanidad. Los altos cargos de la sanidad catalana han acaparado siempre atención por las indiscutibles virtudes de su modelo, pero también por su catalanidad. Parecía que les valía con ser en realidad diferentes al resto de responsables sanitarios de otras autonomías y no ir más allá; desde Trias hasta Geli, pasando por Rius y Pomés y llegando a Boi Ruiz, que, desde posiciones claramente nacionalistas, seguramente fue el que más se implicó en la reflexión sobre el futuro de todo el SNS en su conjunto. Eran catalanes y no hacía falta pedir la independencia para ser efectivamente diferentes. Hasta que Comín dijo ¿por qué no?, podemos y debemos proclamarlo. Dicho y hecho.

No creo que la independencia consiga aliviar las angustias de la sanidad catalana
Nada mejor que crear nuevas estructuras administrativas para seguir avanzando hacia la independencia. Como la Agencia Catalana del Medicamento, que ordenará competencias propias que ya tenía la Generalitat, pero que servirá para agudizar la diferencia con otras autonomías que no disponen de un órgano similar… porque para eso ya está la Agencia Española del Medicamento.

Al margen de ideologías, sentimientos e intereses, que seguirán influyendo en el futuro de la relación entre Cataluña y el resto de España, cualquiera que esta termine siendo, no cabe duda de que la sanidad es un elemento fundamental en la esperanza independentista. Porque a los más escépticos, o a los más miedosos, siempre se les puede mostrar el funcionamiento de la sanidad como la prueba inequívoca de que las cosas funcionan sin la presencia del Estado. Más o menos, pero funcionan.
Ahora bien, los independentistas deberían perder toda esperanza de que, una vez borradas las huellas del Estado, la sanidad catalana será sublime o, al menos, recuperará todo el terreno perdido en estos últimos años de recortes y estrecheces. Porque con un Comín ministro en vez de conseller, las listas de espera, la inestabilidad laboral de los profesionales o el futuro de la gestión de los hospitales seguirán siendo los problemas que obligadamente habrá de afrontar y que la modificación del statu quo no zanjará de inmediato. En este sentido, no creo que la independencia consiga aliviar las angustias de la sanidad catalana, ni de ninguna otra que pudiera tener, en el legítimo uso de su autogobierno, similar tentación.